“Aprendí a mirar. Nunca me pregunté mucho sobre esto, solo lo hice; me puse a Pintar".

Por Marcos Brugiati

Sus telas, tango y música. Sus trazos de herencia familiar.
Cristian Mc Entyre es artista plástico. Vive en Barracas y tiene 41. Pinta el sudor del sexo, EL TANGO. Su escuela fue su casa y Eduardo Mc Entyre –prestigioso artista contemporáneo- su padre.
“El tango llegó por casualidad y encontré en él muchas variantes. En los cuadros materializo mis sensaciones. Son mi biografía”. En muchos de sus obras vemos parejas bailando, guitarras y texturas. Utiliza las curvas y las rectas, la luz. Geometriza y asocia diagonales y rectas con el ritmo y la tensión. La velocidad del movimiento se entremezcla con la seducción y los recuerdos. Cuando el aura de sus trazos se vuelve materia, el espectador percibe la pasión, el encuentro: la melancolía del tango.
Expuso desde el ´97 muchas de sus obras en las galerías porteñas, en el interior del país y en EE.UU.- En Octubre participará en una muestra colectiva en el Molaa – Museo de arte latinoamericano de los Ángeles, California.
“En mis cuadros la música no se escucha pero se ve. También hay guitarras geométricas y collage que suenan por sus formas, texturas, tensiones y colores”. Estudió algo de diseño gráfico. Estudia guitarra, Cello y Filosofía.
Cuenta no verse afectado por no estudiar en la escuela de Bellas Artes. En su propia casa tenía lo que necesitaba: una biblioteca llena de libros de arte y a su padre trabajando en el taller. “Me crié en una casa donde siempre hubo cuadros colgados, donde había muchos libros de pintura, donde subía al estudio de mi viejo y lo veía pintar, donde él mantenía charlas con colegas y yo escuchaba. Aprendí allí a mirar”.
Barracas bohemia y mística, espacio de recuerdos, tango y melancolía. La obra de Cristian Mc Entyre.
¿Alguna vez pensaste en desaparecer?

“Creo que aquél que nunca pensó en desaparecer, es porque está loco”
Cristian Mc Entyre es música y plástica. Sus obras no demuestran lo contrario porque cantan y bailan a la hora de exhibirse.

“Gracias vieja por todo lo que me diste, hiciste y enseñaste. No sabés como voy a extrañarte…Te amo”, concluye.
página web/obras :: Cristian Mc Entyre

Pinta con los pies. Sus manos inmóviles, miran.

Por Marcos Brugiati
Para indexarte


Después de caminar un largo rato por Florida y Lavalle -Microcentro- me encontré con Adrián Hernández, un artista de 26 años que pinta con los pies.


Mientras lo miraba sorprendido, me acerqué y accedió a hablar. Tiene 26 años y vive solo en un departamento en Capital Federal. Hace más de 4 años que es dueño de un pequeño espacio en la peatonal de Florida. Allí desparrama pinceles, acrílicos y retazos de madera. Sus cuadros hablan sobre la cultura porteña -imágenes de la Boca, Caminito y el Tango-.


Una caja de madera vistosa se encuentra sobre el suelo, allí espera una colaboración.


“No me siento discapacitado. Nací sin manos y ellas fueron mis pies desde siempre”. Explica Adrián que no contesta con despecho pero piensa cada respuesta con algo de timidez y vergüenza. Vivió muchos años de su vida en Luján con su familia. Cuando nació, los doctores informaron sobre su discapacidad. Su padre falleció y su mamá y hermanos viven en Mercedes.


“A los 13 años me gustaba dibujar y pintar, Luis Nápoli más adelante me enseñó profesionalmente cuando vivía en Lujan”.


Un día cualquiera se instaló en las calles de Florida y armó su pequeño stand, “los artistas callejeros algo sorprendidos me miraban y un policía se acercó, me miró y me dijo, qué hacés, y yo le contesté pinto con los pies jefe, y él me dijo te felicito, y se fue”.


El gobierno le da $200 por mes de pensión y “la gente de Macri quiere limpiar Buenos Aires”.


El artista no tiene francos. Trabaja desde temprano para los extranjeros y los vecinos porteños. Vende pocas obras, y espera una colaboración para comprar las pinturas, pagar el alquiler y comer. Sus amigos son los magos, los hippies, el cafetero y otros vendedores. “Toda la gente de acá me ayuda, son mis amigos. A veces el cafetero se acerca y me invita un cortado y hablamos de la vida”.


En el ’98 ganó la medalla de oro en los Torneos Juveniles Bonaerenses y en el ’99 fue elegido como representante de 700 chicos para darle una medalla de los Torneos al Papa Juan Pablo II, en Milán.


Utiliza mucha perspectiva, a veces jerárquica. Maneja colores secundarios que desatura con mucho blanco y negro. Sus soportes son de madera preparada con látex blanco y pinta con pinceles finos.


Trabaja de Lunes a Lunes, desde la mañana, todo el día. Su parada te espera en Florida entre Corrientes y Lavalle. No tiene mail ni página web.
Después de 26 años de vida, Adrián Hernández se acostumbró a vivir sin sus manos, ellas se encuentran inmóviles y su cuerpo acostumbrado las fue reemplazando. No se puede bañar ni vestirse. Una señora lo ayuda a limpiar su vivienda y a higienizarlo.


Adrián es una persona normal.


¿Alguna vez pensaste en desaparecer?


“Cuando me miro, o las cosas salen mal, me quiero tirar bajo un tren. Pero después lo pienso y la muerte es en lo último que quiero pensar” concluye.-




La rutina y los uniformados



Por Marcos Brugiati

“El arte para algunas personas es una necesidad inexplicable. Volcarme a la escritura fue vital, me marcó de por vida y me forjó una cierta personalidad y una nueva forma de ver el mundo y la realidad”, explica Ivan Morawski.
Es escritor. Estudia Licenciatura y Profesorado en Letras y tiene 25 años. Vive en Témperley, Zona Sur de Buenos Aires. Hoy presentamos su primer libro “Líneas de vida”, novela que relata un cambio de conducta. Critica el ruido de Buenos Aires, la velocidad y los valores que se perdieron a través del tiempo. El personaje de la obra vive y sueña, cree morir joven en un mundo de ruidos, rutinas y uniformes. Quiere escapar de su destino pero no puede. Viaja por la ruta y los recuerdos de su vida lo aturden. Sueña con su otro yo y llora cuando despierta solo.
“Empecé siendo adolescente -a los 16- escribiendo cosas sueltas sin un orden o formato. La mayoría de las cosas que escribía en esa época eran poesías y algún que otro borrador de lo que iba a ser un futuro libro de ensayo que nunca hice” comenta Iván, que en su infancia estudió en el Comercial de Témperley, y a los 17 conoció a su profesora de Literatura que lo estimuló hacia el mundo de las letras. Sus libros preferidos son las hojas en blanco. Su alivio, el tinte que llena despacio las líneas que luego se convierten en prosa.
”La rutina no nos deja pensar libremente, nos anula y vamos frenéticos a miles de lugares, como máquinas programadas”
La rutina y la ciudad: el vacío. Juntas se entremezclan y originan el viaje de Gastón –protagonista de la obra-. Su fuga dejó atrás todo lo que no quería ver. Sus expectativas de huída eran nulas, pero el camino habla y la ruta no tiene fin.
¿Quién es Gastón?
“Gastón es un hombre que en sus 26 años no hizo otra cosa que cumplir con sus responsabilidades: estudiar, trabajar y vivir según el diagrama de los otros, según lo que otros decían que debía hacerse. Se siente un fracasado con una vida absurda que no puede cambiar. Cuando va teniendo los sueños, despierta algo en él que estaba dormido, algo que estaba en su inconsciente y es eso el disparador para todo lo que después viene”
Su obra contiene las ilustraciones del artista Julián Dowble.
“Mi primer libro fue el Túnel. El Martín Fierro me sorprendió en la facultad”. Lee a De Santis, Sábato, Borges y Kafka.
El escritor utilizó mucha descripción: de la naturaleza, del viaje, de los estados de ánimo del protagonista y de sus recuerdos. Escribe simple, y a veces algo complejo. El escenario no deja de ser el Vacío. El pasado que fue el ruido, los zapatos y las corbatas; hoy es el silencio que duele pero después de luchar contra él, alivia.
“Líneas de vida” se puede encontrar en la Librería Ed. Dunken -Ayacucho 357- (Capital Federal) y en diferentes kioscos y revistas de Adrogué, Lomas de Zamora, R. de Escalada, Quilmes, entre otros.